Jorge Torres Roggero*
Universidad Nacional de Córdoba



                                                                          
"Y compuso a Robot, cierta noche de hierro,
bajo el signo del hierro y en usinas más tristes
que un parto mineral." (Poema de Robot)

I

Iniciamos estas reflexiones con una primera sospecha: bajo su aspecto de chatarra, Robot, una de las prosopopeyas recurrentes en la obra de Leopoldo Marechal, esconde cierto "lustre de metales alquímicos". Tal conjetura nos inclina a una consideración previa necesariamente insuficiente, que intentaremos clara, acerca de dos modos, entre otros, de conocer: el símbolo y  la alegoría. En los textos que vamos repasar, ambos se entrecruzan y dialogan.


Para descifrar las pistas ofrecidas  por Marechal, conviene trabajar someramente con algunas conclusiones que tomamos de G.Durand.1 Los signos alegóricos, postula, remiten a una realidad significada difícil de presentar.2 Ahora bien, si el significado es imposible de representar, entramos de lleno en la imaginación simbólica. El signo, en tal caso,  solamente  puede referirse a un sentido. No se trata de una abstracción o noción generalizante, diferente de sí misma, sino de la idea misma hecha sensible, encadenada, fuera de un programa conceptual:

"El símbolo, como la alegoría, conduce lo sensible de lo representado a lo significado, pero además, por la naturaleza misma del significado inaccesilbe, es epifanía, es decir, aparición de lo inefable por el significado y en él".3

El dominio predilecto del simbolismo es, entonces, lo no-sensible bajo sus más variadas formas: insconciente, metafísica, sobrenatural, surreal. Cosas ausentes, imperceptibles. Lo epifánico prefigura la   emergencia de un sentido latente, instruye sobre la aparición de algo misterioso o, por lo menos, extraño. Tales, en resumen, algunas conclusiones de G. Durand.

En Leopoldo Marechal, si bien aparecen alegorías, recurso retórico peticionado por la didáctica en su carácter de metalenguaje básico dirigido sobre todo a la fijación de la figura del seudogogo o propalador de la palabra falsa, todas las imágenes se resuelven mediante lo que él denomina "energía viviente del símbolo". 

Destacar su importancia, nos  arroja sin  más a un sistema de configuraciones que funciona como un laberinto.4 Imaginemos, por ejemplo, un conjunto de alegorías, que leído como una totalidad genérica  (novela, poema, cuento), concluye por fraguar un símbolo como forma operativa  de intelección y representación de lo decible pero no dicho. 

En consecuencia, rastrear símbolos en la obra de Leopoldo Marechal puede constituirse en un viaje infinito. Interminables itinerarios entrelazan una red numerosa y dialogante: la doble batalla, la teatralidad, Gog y Magog, la Cuesta del Agua, la alquimia, la cruz, la vestimenta, el viaje, la guerra, el laberinto y tantas otras que podrían agregarse a esta nómina inconclusa. A veces parte de una alegoría como figura inicial. Por ejemplo, el banquete es una elección muy racional y cargada de lastre filosófico pero constituye el umbral para una entrada a diversas vías  de aproximación simbólica (bíblicas, alquímicas, míticas). Baste memorar estos dos caminos iniciales de la figura antecedente y una  primera  bifurcación: por un lado,  deipmon (comida), alimento del cuerpo; y, por otro, potos, la conversación.

II

Nos ocuparemos de un modo especial, aunque acotado, al simbolismo/alegoría de robot. Con ese fin, fatigaremos tres textos: la novela El Banquete de Severo Arcángelo , El poema de Robot, y un cuento, "El beatle final".5

Para Marechal, Robot es el estado último del "hombre descendente", hombre de hierro, hombre final: Colofón. Su ética es la ética de la máquina: funcionar bien. Johnny López, perora  en el Banquete:
"¡ En el Paraíso Científico no morirá nadie, como no sea voluntariamente y previa solicitud en papel oficio y con timbrado legal! El Ministerio garantiza una inefable reposición de órganos averiados; para lo cual mantiene una costosa industrialización de cadáveres gentilmente cedidos y bancos de pulmones, de cerebros, de ojos, de hígados al natural, amén de los que suministran las fábricas de artículos plásticos. Y que según nuestros clínicos, un riñón de nylon drena pefectamente los cristales de urea. [...] ¿Y qué decir de una inteligente alimentación a base de complejos vitamínicos ionizados? En el Paraíso Científico los bistecs y las doctrinas vendrán en cápsulas de una esterelización absoluta, condensados y servidos por atentos robots" (205). 
Por otra parte, la magia circense de los medios electrónicos "le robará a Colofón el último átomo de sentido común que aún le quede". Robot, artefacto  de un ingeniero, habrá sido  hecho a imagen y semejanza del hombre: "Y compuso a Robot, cierta noche de hierro/ bajo el signo del hierro y en usinas más tristes/ que un parto mineral". Su nodriza, la Electrónica,  lo habrá amamantado en  pechos "agrios de logaritmos".

Lo tremendo es que el hombre  constructor de Robot necesita , a su vez, "ser un Robot él mismo/ vale decir podarse y desvestirse/ de todo su misterio primordial". Fue así que los  nacidos bajo el signo de la Electrónica, por fidelidad  a la Didáctica, fueron confiados al arte de Robot, "brillante pedagogo sin hiel": "Su cabeza especiosa de válvulas y filtros/ y su pecho habitado por un gran corazón/ (obra de cien piedades fotoeléctricas)/ hacían que Robot usase un alma/ de mil quinientos voltios./ En rigor era nulo su intelecto/ y ajena su terrible voluntad. Pero Robot mirado en sus cabales,/ era un hijo brutal de la memoria,/ y un archivista loco, respondiendo a botones/ y teclas numeradas por la triste cordura".

Para Marechal, el intelecto es la función de la contemplación, la vía para acceder a la consideración del enigma, en el sentido paulino, mediante una lectura de los símbolos en su papel de operadores de la aparición o epifanía de lo Otro absoluto.

Ahora bien, un aspecto a tener en cuenta es la frecuente recurrencia de Marechal a la Comedia como inversión del Drama. El humor, lo farsesco, agotan las posibilidades inferiores del ser como criatura risible. La inversión del símbolo produce efectos contrarios : por ejemplo, mirada desde lo alto, la izquierda es la mano derecha de Dios. El devenir habla del Absoluto mediante la unio contrariorum, mediante el intinerario espantoso de una Divina Commedia.6

Llegar a los límites de la física, peticiona un más allá: una metafísica. Robot, el pseudogogo, era incapaz de enseñar a los nacidos bajo su signo "la técnica y la sustancia" de armar instrumentos de música. Impedido de "encordar los pájaros del éter" o "agujerear las cañas y ponerles registros", sólo pudo lanzar la sinfonía de su tórax, "largo ulular de corrientes magnéticas".

Robot establece, según Marechal, una dictadura. Alguien la bautizó no hace mucho como dictadura del relativismo. Amarylis, resonacia eglógica de la vida, símbolo de la poesía, será quien inicie el camino hacia la capitulación  de la "dictadura fácil" de Robot: "Ante mis  ojos nuevos Amarylis/ era el múltiplo exacto de la rosa,/ y sus pechos galaxias, donde mundos posibles/ ardían ya en fusión de protones y nardos". La apertura hacia mundos posibles logra armonizar ciencia y alma, "protones y nardos". El objetivo es recobrar la primavera en un mundo en que todo se justifica por las hormonas y en que el demonio es objeto de la Historia Natural. Frente a Robot que era "el no ser disimulado/ con mil astucias de ingeniero", el poeta, siguiendo una antigua tradición, se retira cuarenta días al desierto. Regido por la mortificación, inicia su retorno al Principio. Opone a Robot las "santas aritméticas", "el cero de la Gran Beatitud". 

En la Edad de Robot, el hombre era una nostalgia, una ruta perdida. Ahora retorna al nombre de las cosas, regresa a una región o sitio no espacial al pie del mástil o árbol absoluto. Bajo el árbol primordial que  "no es un árbol cualquiera ( el de jardín de Edén, el de  la cruz, el de los frutos de oro de la Ciudad Cuadrada), le será dado restaurar  y  gozar una flamante primavera. El hombre medita, entonces,  la muerte de Robot y, ya de regreso, en el camino, "recogí en el erial/ mi puñado de arena":


" Digo que al enfretarme con Robot/ yo había calculado los riesgos que siguen:/ uno, el de las preguntas contenciosas/ que irían al fichero de su caja interior;/ y otro, el de su dialéctica infernal,/ tendiente a promover y medir el vacío./ Por lo cual, en presencia de Robot/ y cuando el pedagogo ya iniciaba el discurso,/ yo le arrojé a la boca/ mi puñado de arena./ Se oyó en los mecanismos internos de Robot/ un estallar de alambres y válvulas heridos:/ trastabilló un instante sobre sus pies tozudos/ y al fin se desplomó con fragores de lata./ Después, con un martillo lo reduje a fragmentos/ y sobre su chatarra bailé piadosasmente"(cit.:51).

Así es como el hombre cero, el hombre vaciado y cargado por  Robot, "archivista loco", reasume su equilibrio. En el deslinde de la sublimidad con el absurdo, en un difícil equilibrio entre la luz y la tiniebla, Marechal asegura: "Y si escribí el Poema de Robot,/ no fue tras un reclamo de la literatura/ sino con la pasión de alertar a los hombres/ que pueblan el infierno de Robot/ y en la materia crasa de sus laboratorios/ han sospechado un lustre de metales alquímicos".(cit.54).

III

Tenemos entonces al Hombre que, sólo atento a la conciencia de sí mismo, pierde al fin la conciencia del Absoluto. Ahora bien, sus desequilibrios inciden en el desequilibrio cósmico, y si el desequilibrio alcanza el grado tope, se desencadena la catástrofe. Ese es el tema del cuento "El beatle final".

En la ciudad de Metrópolis se difunde un morbo en el lado EF del Gran Octógono: allí se desvelan los encargados de custodiar la salud pública. Una incurable melancolía se apodera de los marchitos ciudadanos.

Ramírez, un paleoantropólogo, descubre el origen de la enfermedad: carencia de "atómos expresivos". Su anacronismo asombra a los funcionarios, pero consideran la hipótesis como "una posibilidad científica". Condenado en primera instancia a "una cámara de desintegración atómica", es pedido por la Junta de Psiquiatría a fin de "exprimir hasta la última gota de su tesis increíble" y para saber si la ciencia era "una posibilidad infinita".

Ramírez reitera ante los señores del Gran Octógono la teoría marechaliana del "retrógrado": el que desde la edad oscura ha iniciado el camino de vuelta hacia la luz; el que como la retropopulsión de los cohetes espaciales rompe la fuerza de gravedad de la Edad de Hierro. Propone  la construcción de un Orfeo "que reuniera en sí todas las voces nonatas de Metrópolis".

El resultado es la construcción de Ringo, el Salvador, un beatle artificial, un robot. Pero, como la "Bomba X deja con gran facilidad el cráneo del físico para entrar en el ciclotronante ciclotrón, sobreviene la catástrofe. Ringo no pudo inteligir ese acontecimiento, ni pudo aullarlo en su guitarra electrónica:

"El Angel de la Muerte, que recorría la ciudad, vio las dos caras juntas: la de Beethoven, con su rictus humano que aún retenía la piedra, y la de Ringo, con las aristas y rigideces que le dio la metalurgia. Y en el constraste de los dos rostros entendió el ángel la razón exacta del cataclismo.[...] Sucederá porque sucede y sucede porque sucedió".

A esta altura convendría aclarar que el alerta de Marechal no se dirige a evitar la consideración de los enigmas latentes en la ciencia y su tecnología consecuente.  Es interesante, en este sentido, consultar "Manual del astronauta", ínsito en Cuaderno de Navegación7 o en Athanor, sainete alquímico8. Existe, sin duda, un pensamiento proféticocientífico directamente relacionado con el devenir cósmico. No es, por cierto, el momento de insistir en estos aspectos. A modo de incitación proponemos este fragmento de un texto de Ramón Pascual Muñoz Soler titulado Señales Proféticas en la Trama de Nuestro Tiempo.9

"Cibernética y profecía son dos palabras claves que configuran el circuito integrado (técnico profético) de la nueva era; la tecnología electrónica "envasa" la cultura de la era mecánica (por retroalimentación, por feedback), y prepara el camino para el ingreso de un "bit" celeste que se incorpora al cuerpo energético de la humanidad como destello fotoprofético. La computadora es la "última" palabra de un ciclo que se cierra [....]; la profecía es la "primera" palabra de un ciclo que se abre, una palabra guía, que está en todas partes y en ninguna, es la [...] luz que se anticipa (no precisamente el sol sino la estrella de la mañana), no es ni siquiera una palabra sino el aliento que está delante de todas las palabras (pro-femí).

La radiación profética de la nueva era es un terrible poder desestabilizante, no sólo guía la trama del pensamiento moderno y configura un nuevo tejido de las relaciones sociales, económicas y políticas sino que cambia la geometría de la materia humana y crea las condiciones para un estallido por implosión. El reactor atómico es modelo analógico de un nuevo tipo de corazón humano que empieza a producir "energía de fusión". (p.13)

Mediante la simbolización de las alegorías tecnológicas Leopoldo Marechal nos alerta acerca de un final de ciclo entre cuyas posibilidades no se descarta la catástrofe. El hombre de hierro, el Adán en fuga, ha perdido la llave del reino. En realidad ya la tiene pero carece de  conciencia de su posesión: "La llave de la ciudad es el Cristo. Lo que ha perdido el Adán en fuga es la "orientación."10

Lisandro Farías, agonista y relator de El Banquete de Severo Arcángelo, sometido al Embudo Gracioso de la Síntesis, por Pedro, el Salmodiante de la Ventana, pregunta:

-¿ Ha oído hablar del Retrógrado?
- El Minotauro en su laberinto  -refunfuñó él-. Una oligarquía venerable: sí, la
vieja retaguardia.
Y añadió:
-Yo estoy en la vanguardia final.
-¿El Cristo? - balbucí entre neblinas.
-El Demócrata del Reino. (p.278)





Notas

* Tomado de: TORRES ROGGERO, Jorge, 2007, Confusa Patria, Rosario, Ed. Fundación Ross, Reproducido aquí por autorización y gentileza del propio autor.


1 Durand, Gilbert, 1971, La imaginación simbólica, Bs. As., Amorrortu, pp.12-15
2 Según Durand, la alegoría funciona como una traducción concreta de una idea difícil de captar o de expresar en forma simple. Por ejemplo, cuando representamos a la justicia como una persona que castiga o absuelve, estamos configurando una alegoría. Si ese persona está rodeada por ciertos objetos o usa de ellos (espada, tablas de la ley), compone un emblema. Por último, si se recurre a una narración como ejemplo de un hecho justo, real o alegórico, se trataría de un apólogo.
3 Durand, Gilbert, cit.: 14.
4 Marechal, tras el rechazo de lo externo y literal, se lanza al rescate del "valor originario de la palabra": "todos los gestos han perdido su energía ritual y su fuerza mágica". (Marechal, Leopoldo, 1965, El Banquete de Severo Arcángelo, Bs. As., Sudamericana, 149 y ss., 258 y ss.
5 Marechal, Leopoldo, 1966, El poema de Robot, Bs.As., Americalee, 1968, "El beatle final" (en: Revista FEMIRAMA, Bs.As., octubre).                            
6 Es el momento de señalar fugazmente la influencia de Dante y los Fedeli d'Amore en el pensamiento de Leopoldo Marechal.
7 Marechal, Leopoldo, 1966, Cuaderno de Navegación, Buenos Aires, Sudamericana
8 Marechal, Leopoldo, 1981, "El beatle final" y otras páginas, prólogo de Angel Nuñez, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina
9 Muñoz Soler, Ramón Pascual, 1982, Señales Proféticas en la Trama de Nuestro Tiempo, Buenos Aires, Centro de Estudios Latinoamericanos
10 Cfr.: El Banquete... p.276


Bibliografía


Durand, Gilbert, 1971, La imaginación simbólica, Buenos Aires., Amorrortu
Marechal, Leopoldo, 1965, El Banquete de Severo Arcángelo, Buenos Aires, Sudamericana, 
Marechal, Leopoldo, 1966, El poema de Robot, Buenos Aires, Americalee
________________, 1968, "El beatle final" (en: Revista FEMIRAMA, Bs.As., octubre)
________________, 1981, "El beatle final" y otras páginas, prólogo de Angel Nuñez, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina
Muñoz Soler, Ramón Pascual, 1982, Señales Proféticas en la Trama de Nuestro Tiempo, Buenos Aires, Centro de Estudios Latinoamericanos





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